IZQUIERDA NACIONAL. LA IZQUIERDA DEL SIGLO XXI

I. LA IZQUIERDA NACIONAL

Con el progreso de la globalización el poder de los Estados nacionales está siendo transferido a los grandes agentes del capitalismo global. Es un hecho que con el debilitamiento del poder de los Estados nacionales la democracia está cediendo ante el capitalismo: los gobiernos elegidos por el pueblo son cada vez menos los que toman las grandes decisiones y cada vez más las grandes decisiones son determinadas por las necesidades del mercado global y quedan en manos de las minorías que poseen el capital. Y, finalmente, es un hecho que este retroceso de la democracia está teniendo como resultado la destrucción en Occidente de los derechos que los trabajadores han conseguido en los últimos ciento cincuenta años.

Los trabajadores, privados cada vez más de la posibilidad de reclamar sus derechos a través de la autoridad del poder político, se ven obligados a plegarse a la voluntad de un capitalismo cada día menos controlado y, por eso, cada día más salvaje. Privados de la tutela de las fronteras nacionales, los trabajadores de los países desarrollados se ven obligados a competir con los trabajadores de todo el resto del mundo, y el resultado es una destrucción progresiva de los derechos que nuestros padres arrancaron con esfuerzo al poder del dinero en los últimos siglos; el resultado es la destrucción progresiva del modelo social europeo.

El modelo social y laboral europeo se derrumba ante la competencia de países que producen masivamente con mano de obra esclava, sin protección social, sin costes ambientales; países que además atraen hacia sí las inversiones de todo el mundo; países que además envían a sus desempleados, como mano de obra barata, a los países desarrollados. En lugar de provocar, como sería deseable, la expansión del modelo socio-laboral europeo al resto del mundo, la globalización lo está destruyendo en la misma Europa. Nunca en los últimos siglos han estado los derechos sociales y laborales, conquista fundamental de nuestra civilización, bajo una amenaza comparable.

En esta situación, por una parte, los legítimos intereses de los trabajadores coinciden objetivamente con la defensa de la soberanía del Estado nacional; por otra parte, la erosión de esta soberanía -sea ocasionada por tensiones separatistas o por tendencias cosmopolitas- provoca objetivamente una cesión de poder al capitalismo global y coincide objetivamente con los intereses del capitalismo global, no con los intereses de los trabajadores.

De ahí la necesidad de que a la altura histórica del capitalismo global, la nueva izquierda sea una izquierda nacional. La izquierda nacional es el movimiento político destinado a provocar la sustitución del capitalismo global por una organización de la sociedad democrática, socialista y capaz de preservar y desarrollar los valores de la civilización europea, que constituyen el núcleo de nuestra identidad colectiva y son el fundamento de la libertad y la justicia.

Hoy un mercado global regido por los designios del capitalismo salvaje, y en última instancia por la codicia individual, determina nuestra vida social. La lucha contra esta situación, es decir, la lucha contra el capitalismo, a favor del socialismo y los derechos de las clases trabajadoras, es una tarea tradicional de la izquierda. Hoy esa tarea ha de desembocar en la sujeción de los mercados a los valores culturales que las autoridades políticas, en representación de los pueblos, establezcan en esos ámbitos de soberanía política que son las naciones. La lucha a favor del socialismo es, en la era de la globalización, necesariamente la lucha contra la disolución de la soberanía de los Estados nacionales y contra la cesión del poder social al mercado global y a las minorías financieras que lo controlan. La tarea de la izquierda pasa hoy inevitablemente por la defensa de la soberanía de los Estados nacionales y de aquellos marcos institucionales a los que los Estados nacionales presten legitimidad política. Y esto es así porque sólo la autoridad política sustentada en la legítima soberanía de las naciones puede acabar con la prepotencia del capitalismo salvaje y de quienes se benefician de él.

La humanidad carece hoy por hoy de la posibilidad de construir una autoridad política mundial capaz de sobreponerse al poder del dinero. Sólo los Estados nacionales y aquellas instituciones supranacionales que se apoyen en ellos tienen la posibilidad de someter el poder del dinero a los valores de la civilización y a los intereses de las clases trabajadoras. Por eso en la era del capitalismo global la izquierda nacional es la izquierda a secas, la única izquierda posible.

II. LO QUE ESTÁ EN JUEGO

La democracia y el socialismo son logros valiosísimos de la civilización occidental. Los trabajadores de los países desarrollados, y los trabajadores del resto del mundo, deben saber que su trabajo, sus salarios y sus derechos dependen de que la civilización occidental no sea sustituida por la barbarie global del capitalismo salvaje.

La civilización occidental es, a su vez, un logro único en la historia de la humanidad. Nada hay comparable. Es el hecho más asombroso y estimable que sabemos haya existido en este universo en sus miles de millones de años de existencia. Nuestra civilización ha llevado a su máximo el desarrollo histórico de los cuatro valores que caracterizan a toda vida civilizada porque constituyen el más sublime ideal que el ser humano, en cuanto ser a la vez racional y sensible, puede proponerse:

1. El conocimiento riguroso: la ciencia.

2. El cumplimiento riguroso del deber: la ética.

3. El aprecio por la belleza: la estética.

4. La empatía con los demás seres conscientes: el amor.

Los tres primeros valores aparecen decididamente ya con el mismo nacimiento de nuestra civilización en la antigua Grecia y se perfilan continuamente a lo largo de nuestra historia, sobre todo con ocasión del Renacimiento y la Ilustración. El cuarto está presente en las éticas de la Antigüedad pero se convierte en herencia esencial de Occidente por influencia del cristianismo.

Se buscará en vano: en ningún otro lugar del planeta se ha llegado jamás a un concepto del conocimiento y su rigor, sea en Filosofía, Ciencia empírica ó en Matemáticas, ni siquiera lejanamente comparable con nuestra noción de conocimiento científico. La ética del deber, como aparece en Sócrates y en Kant, con esa precisa y sistemática formulación conceptual, no se halla en ninguna otra tradición humana. En ningún sitio ha producido el arte algo comparable con el legado artístico de Occidente.

Y, lo más importante, la consecuencia social de esos valores, la necesidad de construir una sociedad libre, justa y próspera en la que el ser humano pueda realizar en el máximo grado la dignidad de su condición, en ningún sitio o época se ha realizado como a lo largo de nuestra tradición civilizatoria: ningún grupo humano ha registrado en su historia algo parecido a esa pertinaz voluntad de eliminar la opresión y la injusticia que se encuentra en la historia de Occidente. La libertad y la justicia como exigencias históricas de la razón sólo entre nosotros se han convertido en motores decisivos de la historia. El socialismo es la convicción de que la sociedad no puede estar diseñada en beneficio de particulares sino para el bien común y para el progreso conjunto de la totalidad de los ciudadanos. El socialismo es la idea culminante de la racionalidad social tal como nuestra civilización la entiende.

La civilización occidental es un acontecimiento singular en la historia de la humanidad. De su supervivencia dependen los derechos sociales que garantizan el bienestar y la dignidad de todos los ciudadanos. Y es esa supervivencia la que está en juego. Lo que está en juego es sencillamente la civilización.

III. LA AMENAZA

Lo que amenaza a nuestra civilización es el capitalismo global. El capitalismo global es aquella situación en la que los mercados, extendidos por todo el planeta, determinan el curso de la sociedad y la forma de vida de la humanidad entera. El capitalismo global amenaza nuestra civilización de dos maneras.

La amenaza de una manera directa destruyendo sus valores y sus instituciones. Por ejemplo, sustituyendo el deber y el amor por la codicia, sustituyendo la soberanía nacional y la democracia por el imperio del dinero, sustituyendo la solidaridad social por el individualismo salvaje, sustituyendo las garantías sociales por la necesidad de competir con la mano de obra semiesclava del tercer mundo.

Y amenaza a la civilización, de una manera indirecta, destruyendo las condiciones reales de posibilidad de su existencia. Este es un tema del que nadie habla, es un tema tabú en Occidente; al que lo plantee, los medios de comunicación del capitalismo global lo llamarán racista con la intención de neutralizar un discurso que podría salvar la civilización pero que haría perder dinero a los más ricos.

Las condiciones reales de posibilidad de la civilización son aquellas circunstancias naturales o culturales que hacen materialmente posible el desarrollo y la supervivencia de la civilización. Y son esencialmente tres:

1. La salud del medio ambiente.

2. La base demográfica, con sus características históricas.

3. El imperio de la ley: la existencia de sociedades soberanas regidas en armonía civil por el derecho.

Los mercados globales amenazan la salud del medio ambiente porque son incapaces de gestionar eficazmente la conservación del patrimonio ecológico de la humanidad. El mercado global procede con ímpetu ciego a la destrucción del nicho ecológico en el que la humanidad puede habitar y desarrollar la civilización.

Los mercados globales destruyen igualmente la base demográfica de la civilización. La dinámica del capitalismo destruye el núcleo en el que se gesta el futuro: la familia. Para el capitalismo no hay padres ni madres ni hijos ni futuros hijos: hay mano de obra potencial que debe sustituir el hogar por el trabajo el mayor tiempo diario posible; si eso impide que las familias hagan nacer los hijos necesarios para la reposición de las generaciones, el capitalismo mira para otro lado: trae mano de obra extranjera. El capitalismo nos impide tanto tener hijos como cuidar a nuestros mayores.

Además, el capitalismo global, en busca de mano de obra barata, provoca intencionadamente una inmigración masiva sobre los países occidentales. No cabe duda de que en la agenda del capitalismo global está la destrucción mediante el mestizaje masivo de la población que ha creado la civilización europea. Pero el hecho es que nada garantiza que nuestra civilización pueda sobrevivir a la destrucción de la población que la produjo. Los seres humanos no son yoes puros, entes abstractos sin determinaciones biológicas y culturales, no son individuos puros sin vínculos y sin pertenencias; por tanto, no es cierto que los seres humanos puedan ser reemplazados masivamente unos por otros sin consecuencias. La destrucción de los pueblos que han creado la civilización europea -tal como el capitalismo global la está llevando a cabo- puede ser uno de los mayores desatinos de la historia de la humanidad y es, en cualquier caso, un experimento mucho más peligroso de lo que la humanidad se puede sensatamente permitir. Creemos que la conservación de la civilización europea redunda en beneficio de la humanidad entera y que también nosotros, los europeos, debemos sentirnos concernidos por la conservación de las valiosas culturas creadas por otros pueblos y que el capitalismo global está igualmente arrasando.

Finalmente, el capitalismo global amenaza los estados democráticos de derecho porque sustituye el control político-democrático de la sociedad por el poder del dinero: las democracias occidentales son crecientemente plutocráticas; son los intereses de las minorías económicas los que modelan la política y la sociedad porque son estas minorías las que financian los partidos políticos y las que dominan los medios de comunicación. El poder del pueblo y su soberanía política, así como el imperio de la ley, han sido reemplazados por los designios del dinero. Estos designios se ejercen a escala mundial y anulan a escala mundial la voluntad de los pueblos, la independencia de los poderes del Estado y el estado de derecho.

IV. UNA MISIÓN HISTÓRICA

La civilización no sobrevivirá a los estragos del capitalismo global. O destruimos el capitalismo global o el capitalismo global destruirá la civilización y con ella el fruto más valioso de la historia.

El capitalismo global es un sistema económico, social, político e ideológico. Su sustitución implicará el surgimiento de una estructura económica, social, política e ideológica nueva. Su reemplazo será una revolución. En la historia de Occidente un sistema social nunca ha sido reemplazado permanentemente por otro menos racional. En Occidente nunca ha triunfado una revolución y nunca se ha establecido un poder político nuevo que no haya ido acompañado de una propuesta ideológica de valor racional universal. El capitalismo global sólo será reemplazado por una propuesta más racional que la que él representa.

Los grandes poderes políticos  -los imperios-  en la historia de Occidente se han apoyado característicamente en ideologías que inspiraban a sus portadores la convicción moral de representar una concepción racionalmente superior de la vida y la sociedad. Sin ese convencimiento nadie en Occidente ha sido capaz de construir un poder político nuevo o de inaugurar una nueva época histórica. Roma triunfó sistemáticamente durante cinco siglos porque los romanos estaban convencidos de que habían sido elegidos por los mismos dioses para hacer prevalecer la civilización sobre la barbarie. España dominó en Occidente durante ciento cincuenta años y, sin duda, uno de los factores de su dominio fue la convicción de los españoles de que la voluntad política de España representaba la voluntad del único Dios verdadero y la única religión verdadera. Los Estados Unidos y el capitalismo global se nutren de la convicción de que representan la realización de la libertad: de esa convicción extraen la fuerza que necesitan para destruirla.

La ideología del capitalismo global es el liberalismo. Esta ideología no se limita a prescribir el sufragio universal y las libertades fundamentales -que son patrimonio de toda ideología democrática y, por tanto, también del pensamiento de la izquierda nacional-; el liberalismo piensa a partir de un axioma sobre la naturaleza del hombre: para el liberalismo cada individuo es, por derecho, absolutamente dueño de sí mismo y de lo suyo, y no posee en principio más deberes sociales que aquellos que voluntariamente asume a través de libres contratos con otros individuos igualmente dueños de sí mismos y de lo suyo. El liberalismo concibe al ser humano como pura autodeterminación, como si no estuviese ligado, ya antes de toda elección personal y por su misma realidad biológica, a sus antepasados, hermanos, hijos, compatriotas y contemporáneos; como si no tuviese deberes morales con respecto a aquellos con los que no puede entrar en contrato, por ejemplo, deberes con respecto a las generaciones futuras.

Para el liberalismo -sirva este caso de muestra- si la humanidad se extinguiese porque cada individuo hubiera decidido no tener hijos, la extinción de la humanidad sería exactamente lo que moralmente debería suceder. Para el liberalismo si el intento de convertir a los hombres en puros individuos en el mercado global condujera al hundimiento de la civilización, ese hundimiento sería exactamente lo que la moral exigiría. El postulado fundamental del liberalismo implica una falsificación del ser del hombre y una renuncia al sentido común más elemental en materia de eticidad. El liberalismo es una falsificación de la realidad y una monstruosidad moral. El liberalismo es enemigo de la naturaleza humana.

Sin embargo, es importante no valorar de menos la apariencia de perfecta racionalidad que el liberalismo posee: para el ciudadano criado por el cine y la televisión, el axioma liberal es tan obvio como que dos y dos son cuatro. El ciudadano medio de un país occidental cualquiera se percibe moralmente como un yo puro y considera una traba intolerable cualquier deber o vínculo que le sea impuesto por una naturaleza que él no ha elegido o diseñado, o por la pertenencia a una comunidad que igualmente le viene dada desde el nacimiento. El liberalismo hace parecer natural la idea de que la moralidad social consiste sólo en armonizar la libertad de cada individuo con la libertad de todos los demás según una regla única, de modo que no existe más deber que el de respetar los contratos. Para el liberalismo no hay deberes para con los logros civilizatorios de la historia, ni deberes para con la naturaleza; en una palabra, no hay deberes para con las generaciones futuras: no existe el deber de evitar legarles una civilización y una naturaleza decrépitas.

Estas consecuencias extravagantes del liberalismo moral no son percibidas como tales por el ciudadano medio y el resultado es que ese ciudadano sigue considerando el dogma liberal como un principio evidente de la razón.

La izquierda nacional tiene entre sus tareas la de desvelar que la lógica del liberalismo es profundamente incongruente con la realidad humana y, por eso, incapaz de gestionar los problemas del futuro, incapaz, en concreto, de asegurar la preservación de las condiciones reales de posibilidad de la civilización. La preservación de la civilización europea frente a la barbarie del capitalismo global es la misión racional de rango universal que la izquierda nacional propone como tarea histórica a las fuerzas del trabajo y la cultura. Esa vocación es moralmente santa, es un deber moral ineludible y un mandato sagrado de la razón. Es una tarea histórica que justifica la lucha política de la izquierda nacional desde el punto de vista de la historia universal, desde el punto de vista de la humanidad entera, desde el punto de vista de la razón y la moral universales. Un imperativo de tan intensa racionalidad, y sólo él, puede efectivamente inspirar una lucha política de rango histórico, es decir, una lucha política capaz de reemplazar viejas formas sociales por formas sociales nuevas y decididamente más racionales.

V. LA BASE SOCIAL DE LA IZQUIERDA NACIONAL

Sin duda una de las fuerzas sociales que la izquierda nacional debe convocar a la lucha política es la cultura. Es lógico esperar que las personas que destacan en el pensamiento, la ciencia, la literatura o el arte se sientan especialmente interesadas en evitar el retroceso de la civilización a favor de la barbarie global del capitalismo salvaje; esto será así al menos si estas personas llegan a percibir con claridad que lo que comienza a plantearse es una lucha por la supervivencia de la civilización. Al fin y al cabo, estas personas, y destacadamente los educadores, son las encargadas de transmitir y mejorar nuestro legado cultural, de despertar en la sociedad, y especialmente en los más jóvenes, la capacidad de apreciar los valores de la civilización. La alianza entre las fuerzas de la cultura y la propuesta política de la izquierda nacional es una confluencia natural que la izquierda nacional, como movimiento político, debe fomentar, estimándola como una de las claves de su éxito.

La segunda de esas fuerzas sociales en las que ha de apoyarse la izquierda nacional son las clases trabajadoras y todos aquellos que, por motivos morales, consideren irrenunciables las conquistas sociales de los trabajadores. Esta tesis es difícilmente discutible porque la amenaza contra los trabajadores y sus derechos, siendo formidable, es tan nítida que puede ser descrita con precisión científica.

La lucha obrera ha durado en Occidente más de siglo y medio. Esa lucha ha conseguido que el espíritu del socialismo haya llegado a considerarse patrimonio de nuestra civilización, como la ciencia o la libertad. Todos los frutos de ese esfuerzo histórico están siendo destruidos por la globalización a través de un mecanismo único -la libre circulación de bienes, capitales y personas- que se manifiesta en tres grandes fenómenos sociales:

-La inmigración masiva, que aporta mano de obra dócil y barata a los países de Occidente, obligando a los hijos y nietos de quienes lucharon por los derechos de los trabajadores a resignarse a empeorar sus condiciones de trabajo o ceder sus empleos a los inmigrantes. La inmigración pone al capitalista en condiciones de ejercer su chantaje con más fuerza que nunca.

-La deslocalización. No debemos pensar que la deslocalización se produce sólo cuando se desmonta una fábrica en Europa para trasladar la producción allí donde puede funcionar con mano de obra esclava; la deslocalización se está produciendo continua y silenciosamente también cuando las nuevas inversiones se dirigen masivamente hacia aquellos lugares en los que se produce con mano de obra esclava en lugar de hacia Europa, en donde para producir hay que pagar salarios casi decentes, seguridad social e impuestos para la conservación del medio ambiente. Ante la deslocalización, los trabajadores se ven confrontados de nuevo con este dilema: o aceptan condiciones de trabajo indecentes o se quedan sin trabajo. También la deslocalización pone al capitalista en condiciones de ejercer su chantaje con más fuerza que nunca.

-Pero la deslocalización no sería posible si aquellos países que producen en condiciones indecentes no pudieran exportar sus productos a Occidente. La competencia desleal, es decir, la importación de productos fabricados en el extranjero con mano de obra esclava, es el tercer mecanismo de destrucción de los derechos sociales en Occidente. No es razonable obligar a nuestras empresas a competir con los chinos porque para competir con ellos tendríamos que vivir como ellos y eso implicaría renunciar a las conquistas sociales de nuestra civilización. La posibilidad de producir en el tercer mundo con mano de obra esclava concentra las inversiones, y con ellas los puestos de trabajo, en aquellos países en los que se trabaja en condiciones de semiesclavitud. Cada vez que importamos y consumimos productos procedentes de esos países destruimos puestos de trabajo casi decentes en Europa para crear puestos de trabajo indecentes en los países de los que importamos. Por tanto, también las importaciones desde países que practican la competencia desleal son necesarias para que el capitalista pueda ejercer su chantaje con más fuerza que nunca.

Este triple mecanismo produce un resultado único: los nietos de quienes lucharon por los derechos de los trabajadores se ven obligados a competir con los trabajadores del resto del mundo, de modo que o bien aceptan que sus salarios y condiciones de trabajo se asemejen a las del tercer mundo o bien corren el peligro de ser sustituidos por inmigrantes, o de que sus puestos de trabajo huyan al extranjero y ellos tengan que ver a sus compatriotas consumir los productos extranjeros que antes ellos producían en suelo patrio con los derechos que sus abuelos conquistaron para ellos y para la humanidad.

En los próximos cincuenta años, si la globalización persiste, los trabajadores de los países desarrollados verán cómo sus salarios y condiciones de trabajo empeoran hasta converger con los salarios y condiciones de trabajo vigentes en los países del tercer mundo. Y de todo esto habrá un beneficiario neto, un ganador: el capitalismo global.

Si esto sucede, no sólo la lucha obrera en Occidente habrá sufrido un retroceso histórico sino que se habrá perdido la posibilidad de que el modelo social europeo beneficie a los trabajadores del mundo. Somos nosotros los que deberíamos exportar nuestras conquistas en beneficio de la humanidad; no son los trabajadores del tercer mundo los que deben exportar su miseria en beneficio del capitalismo global. Pero los medios de comunicación del capitalismo global denunciarán como racista a quien denuncie la expansión de la miseria global y los intereses bastardos del capitalismo. Al fin y al cabo, esos medios de comunicación han sido comprados por el capital y tienen como finalidad última propagar las ideas que garanticen las rentas de sus dueños. Garantizar por medios ideológicos el crecimiento de las rentas del capital global es la función suprema del antirracismo institucional.

Si en los países occidentales funcionase la democracia y el pueblo conservase el poder, la inmigración masiva, la deslocalización y las importaciones de productos fabricados en condiciones de competencia desleal serían eficazmente evitadas. Entonces, en lugar de la destrucción del modelo social europeo en la misma Europa y en beneficio del capitalismo mundial, se produciría la adopción paulatina de ese modelo en el resto del mundo y en beneficio de los trabajadores de todo el mundo.

Es necesario que esto se entienda bien: la izquierda nacional no lucha por los intereses de los trabajadores de los países desarrollados en detrimento de los intereses de los trabajadores del resto del mundo; la izquierda nacional lucha por que el modelo social europeo no sea destruido bajo el pretexto del antirracismo, lucha por que el capitalismo salvaje no determine el futuro de la humanidad, lucha por que, en lugar de eso, el modelo social europeo se perfeccione y se extienda hasta garantizar los derechos de los trabajadores del mundo entero.

En cualquier caso, es un hecho que en Occidente la globalización capitalista dibuja perdedores y ganadores. El ganador es el capital, cuyas rentas suponen cada año una parte creciente de la producción nacional. El perdedor es el trabajo. No sólo el trabajo asalariado sino también el trabajo de los autónomos y de los pequeños empresarios que no se benefician de la mano de obra barata pero que tienen que competir cada vez más con productores extranjeros que pagan salarios de miseria o con grandes empresas que compran trabajo cada vez más barato: esa competencia los obligará a renunciar a parte de sus ingresos o a cerrar sus empresas y convertirse en desempleados. La izquierda nacional no comete la ceguera de creer que sólo es trabajo el trabajo asalariado. La izquierda nacional es una izquierda nueva que ya no es prisionera de los viejos dogmas del marxismo y que, por eso, puede enfrentarse al capitalismo global con mayor rigor científico y mayor agilidad política.

La consecuencia de esto es que la base social de la nueva izquierda está en las clases trabajadoras, en los desempleados, en los asalariados, en los autónomos, en los profesionales libres y en las pequeñas empresas, especialmente en las empresas familiares. Ellos son los grandes perdedores en el proceso de globalización, las víctimas del enemigo.

VI. EL FUTURO DEL CAPITALISMO GLOBAL

Se nos dice que la globalización es un destino ineludible porque el capitalismo global es la organización económica más eficaz posible. Pero es más bien el fracaso de la globalización lo que parece un destino porque el capitalismo global será a largo plazo incapaz de producir y distribuir lo producido de forma eficiente. De esto son dos las causas principales.

La primera causa es el funcionamiento caótico del mercado mundial. El mercado mundial es un sistema extraordinariamente complejo. Los sistemas complejos tienden a ser inestables: el funcionamiento equilibrado de un sistema es más delicado cuanto más complejo es el sistema. Es muy difícil que unas tijeras se averíen pero los coches y los ordenadores se averían todos los días. Por eso, los sistemas complejos tienden a desarrollar dispositivos que disminuyen su inestabilidad, y concretamente dos:

– un dispositivo de control central; por ejemplo, un sistema nervioso o un Estado;

– fronteras que amortigüen las perturbaciones procedentes del exterior; por ejemplo, una membrana o una aduana.

Pero el mercado global no es capaz de dotarse de ninguno de esos dispositivos. Por definición, el mercado global carece de fronteras y esto hace que las perturbaciones que surgen en un rincón se transmitan rápidamente al rincón opuesto, creciendo así en magnitud y llegando a afectar a la totalidad del sistema. Esta circunstancia provoca inestabilidad en la economía mundial.

Tampoco hay posibilidad real de que el mercado global se dote de un centro político de control central: una autoridad política a la que se sometan tanto los Estados Unidos como los 1.300 millones de chinos, por ejemplo, es en todo futuro previsible una completa utopía.

La consecuencia es que la economía global es un sistema complejo incapaz de dotarse de los únicos mecanismos que pueden asegurar la estabilidad de los sistemas complejos. Por eso, la economía global está destinada a la inestabilidad cíclica, al comportamiento caótico.

De entre los mercados son los mercados especulativos los más volátiles porque están dirigidos por mecanismos de retroalimentación que en lugar de conducirlos hacia puntos de equilibrio amplifican las perturbaciones y provocan conductas oscilatorias. En los mercados especulativos, y destacadamente en las diversas bolsas, un aumento del precio puede ocasionar un incremento y no una disminución de la cantidad demandada, lo que en lugar de llevar a un punto de equilibrio provoca un ciclo alcista; de manera análoga, una bajada del precio puede llevar a un incremento y no a una disminución de la oferta: este es el mecanismo del pánico bursátil.

Pero los mercados que funcionan a la manera de los mercados especulativos son una parte cada vez mayor de la economía mundial. No es sólo que el capital financiero que va de bolsa en bolsa sea porcentualmente más importante con el tiempo; es que hay una tendencia inherente al mercado global que lleva a los agentes económicos a tomar en cuenta cada vez más las intenciones de los demás agentes y cada vez menos los datos económicos objetivos. Esta conducta tiende a desvincular los mercados de los datos objetivos de la economía real y eso, a su vez, los convierte en sistemas caóticos.

Conforme progrese la globalización, las crisis cíclicas de los mercados se harán más intensas y más extensas, y tenderán a impedir el funcionamiento eficaz de la economía. Recordemos que el primer gran proceso de globalización capitalista se hundió en 1929 en medio de una de esas crisis.

La segunda circunstancia que condena a la globalización al fracaso es su incapacidad para relacionarse adecuadamente con el planeta: la crisis medio-ambiental y el agotamiento del petróleo se pondrán en el camino de la globalización como un obstáculo definitivo. El mercado mundial, como no está sometido a patrones políticos racionales que le permitan gestionar el largo plazo, se precipita inevitablemente hacia una crisis ecológica y energética global. Aunque sólo fuese por esto el capitalismo global, a largo plazo, tiene más el aspecto de un desatino inviable que de un destino inevitable.

La crisis de 1929 trajo sobre los países occidentales una oleada de nacionalismo y control estatal de la economía. Pero el liberalismo no parece haber aprendido nada de aquello. En realidad, lo que sucede es que la dinámica interna de los mercados empuja irresistiblemente a un desenlace de quiebra como aquél; pero previsiblemente, en el futuro, la interconexión de los mercados provocará una quiebra de calado mayor a mucha mayor escala. El fracaso de la globalización capitalista será el fracaso de toda una concepción del mundo y del hombre: será el despertar histórico de la humanidad del sueño liberal.

Del mismo modo que la historia marcha a trompicones hacia mayores cotas de racionalidad, la economía marcha a través de baches hacia mayores cotas de eficacia. Las simulaciones en ordenador basadas en funciones logísticas aplicadas al crecimiento de la riqueza muestran que la organización económica óptima es la fragmentación del mercado global en aproximadamente diez zonas, cada una de ellas con mercados internos relativamente unificados pero protegida de las perturbaciones originadas en el exterior por fronteras económico-políticas.

Por eso es previsible que la economía marche en el futuro, con vacilaciones, hacia su reordenación en grandes áreas económicas regidas por instituciones políticas capaces de imponer a los mercados un comportamiento no caótico. Estas áreas económicas tendrán que dotarse, como decimos, de instituciones políticas, lo que difícilmente es posible si abarcan regiones alejadas y poblaciones sin vínculos culturales que les permitan compartir una visión general de la vida y la sociedad. Por tanto, estas áreas económicas serán también zonas geopolíticas y áreas culturales.

Una consecuencia de estos es que, en estas áreas, el discurso ideológico no podrá ser ya el discurso del individuo como contratante puro: la legitimación del poder político en esas áreas requerirá un discurso ideológico que subraye las señas comunes de identidad del área humana que se pretende unificar a efectos geopolíticos. Es de esperar que el discurso ideológico dominante en el futuro sustituya el énfasis liberal en el cosmopolitismo por el reconocimiento de las identidades colectivas. En estas áreas geopolíticas la economía estará sometida en mucho mayor grado que hoy al poder político: las élites económicas cederán poder a las élites políticas  -como hicieron en todas partes en 1929- porque habrán experimentado ellas mismas la necesidad de la dirección política de la economía.

Estas áreas geopolíticas y civilizatorias serán probablemente los protagonistas de la historia después del previsible fracaso de la globalización. Entre ellas el reconocimiento simultáneo de las legítimas diferencias y de cuanto compartimos como seres humanos será el fundamento de la paz.  Sin duda, una de esas áreas se llamará Europa y en ella encontrarán en el futuro España y las demás naciones europeas su destino histórico.

Nadie sabe cuánto durará todavía el capitalismo global y cómo evolucionará exactamente, ni si acaso contra toda probabilidad verá la forma de sortear las formidables amenazas que hay en su futuro. Pero es razonable afirmar que hoy por hoy no se ve cómo podría hacerlo. En cualquier caso, no es requisito de la lucha política de la izquierda nacional la fe en un determinismo histórico que garantice el hundimiento del capitalismo global. El motor de nuestra lucha es el sentido del deber y la legítima defensa de nuestros derechos como trabajadores. La izquierda nacional debe estar ahí para facilitar el tránsito a una era post-capitalista ofreciendo una alternativa a la vez posible e históricamente superior, porque los grandes cambios sólo se producen en la historia humana cuando un futuro mejor está de antemano esbozado en la mente de los hombres.

VII. LA ALTERNATIVA Y SUS PROPUESTAS

La izquierda nacional aspira a un Estado nacional que haya recuperado su soberanía, de modo que sea capaz de poner la economía al servicio del bien común y de domeñar el capitalismo para preservar la civilización y la justicia social.

Pero, como hemos visto en la sección anterior, la tarea que proponemos para el Estado nacional no puede realizarse ya sólo en el ámbito de ese Estado sino que se extiende por necesidad hasta un ámbito capaz de jugar un papel protagonista en la escena internacional. Para nosotros ese ámbito es Europa, la cuna de la civilización, de la democracia y del socialismo. En el futuro los Estados nacionales europeos, para realizar sus cometidos naturales, tendrán que colaborar para construir el ámbito geopolítico de Europa. Sólo Europa puede ser un actor eficaz en la escena internacional, sólo Europa permitirá a las naciones europeas llevar su voz y su voluntad al tablero de la política internacional.

Ahora bien, las instituciones europeas sólo poseerán la fuerza política que necesitan si están políticamente legitimadas por la adhesión de los Estados soberanos que las apoyan. Y esa legitimidad solamente podrá alcanzar a las instituciones europeas si previamente los Estados nacionales que han de prestársela han recuperado su soberanía. La corrosión de la soberanía de los Estados nacionales europeos, por obra de los separatismos o las tendencias antinacionales, no sólo acrecienta el poder del dinero en detrimento del poder del Estado sino que además destruye las bases institucionales sobre las que puede construirse un bloque europeo dotado de legitimidad política.

Queremos construir una Europa que represente eficazmente en la escena internacional la defensa tanto de la civilización que nació en ella como de los valores políticos surgidos de esa civilización: el estado de derecho, la democracia y el socialismo. Las propuestas de la izquierda nacional deben interpretarse en el contexto de ese propósito general. Concisamente declaradas, esas propuestas son las que siguen.

La izquierda nacional es un movimiento democrático y socialista que se concibe como la alternativa general al capitalismo global, a sus formas económicas, políticas e ideológicas, así como a la amenaza que éstas representan para el futuro de la civilización, el estado de derecho, la democracia y la justicia social.

La izquierda nacional rechaza la concepción liberal del ser humano como un individuo puro, solamente ligado a otros individuos puros mediante contratos privados; declaramos que toda persona real posee características físicas, psíquicas y sociales, así como vínculos comunitarios, que deben ser considerados en la ordenación general de la sociedad, porque sólo a través de ellos llega cada ser humano a desarrollarse como el ser racional y espiritual que está llamado a ser. La izquierda nacional entiende que el ser humano no es tampoco un puro agente económico en un mercado mundial, miembro de una humanidad abstracta regida por la dinámica de los mercados; por el contrario, el ser humano es miembro de una humanidad real formada por pueblos, naciones y culturas. El individuo está inserto en una jerarquía de identidades comunitarias entre las que debe establecerse armonía y dentro de las que deben reinar la libertad, la justicia y la solidaridad.

El Estado nacional debe recobrar su soberanía política y debe restablecer la primacía del poder político sobre el poder económico, con el fin de garantizar la existencia efectiva del Estado de derecho y el ejercicio eficaz de la democracia frente al poder y los intereses del dinero.

El Estado español debe afianzar la legitimidad de su unidad interna respetando la identidad de sus regiones y despertando en ellas la lealtad hacia el Estado, esto es, la lealtad hacia la misión histórica de protección de la identidad cultural y la justicia social que el Estado español debe representar frente al capitalismo global.

El Estado, respetando la propiedad privada y la libertad de iniciativa empresarial, someterá el ejercicio de estos derechos y el funcionamiento general de la economía a los intereses de la comunidad y las exigencias de la justicia. Para ello promoverá una política económica de carácter social, establecerá el control político de las actividades económicas de interés comunitario o estratégico y la socialización interna de las empresas mediante la participación de los trabajadores en su dirección y en sus beneficios. Las rentas del trabajo, asalariado o no, tendrán prioridad en la política económica sobre las rentas del capital, que sólo tienen justificación en la medida en que sean necesarias para el funcionamiento eficaz de la economía y el bienestar del pueblo.

En concreto, el Estado pondrá freno a aquellas prácticas del capitalismo global que más directamente atentan contra el empleo y los derechos de los trabajadores: la inmigración masiva, la deslocalización de empresas y la importación de productos desde países que no respetan las condiciones laborales y ecológicas exigibles.

Queremos que sean fines fundamentales del Estado la eliminación del desempleo y la precariedad laboral, la protección social de la población, la oferta asequible y suficiente de viviendas dignas y cuanto fomente la creación de unidades familiares estables capaces de traer nuevos ciudadanos al mundo. La voluntad de garantizar el futuro de nuestro pueblo y de la civilización obliga a revitalizar los índices de natalidad; para eso será necesario rediseñar el mercado de trabajo de manera que las mujeres no se vean obligadas a elegir entre ser madres y ser trabajadoras, y será necesario igualmente adoptar medidas fiscales para el fomento de la natalidad.

Queremos que sean fines fundamentales del Estado la defensa de las libertades individuales de opinión, investigación, expresión, manifestación y asociación, así como la conservación y el perfeccionamiento de la democracia política. Queremos una educación pública de calidad que, respetando escrupulosamente los derechos individuales mencionados arriba, transmita los valores fundamentales de la civilización: el sentido del rigor en el conocimiento, el sentido del deber, la capacidad para apreciar la belleza y la capacidad para el amor y la solidaridad.

Queremos igualmente que sean fines fundamentales del Estado la defensa de la identidad comunitaria en todos sus niveles y la protección de nuestro patrimonio cultural porque él es el testigo de la creación histórica de nuestra civilización y el vehículo que comunica a cada nueva generación sus valores esenciales.

Serán también fines fundamentales del Estado la defensa del medio ambiente y la búsqueda de modelos de vida y desarrollo económico ecológicamente viables.

El Estado español debe contribuir junto con el resto de los Estados europeos a la transformación de la Unión Europea en una potencia geopolítica capaz de defender en el contexto político internacional no sólo los legítimos intereses de sus miembros sino además los valores universales de la civilización europea. La Unión Europea deberá dejar de ser una sucursal del capitalismo global, una agencia política de los Estados Unidos y un apéndice militar de la O.T.A.N. para convertirse en un agente político autónomo es la escena mundial.

La Unión Europea, como representante leal de los Estados nacionales que le confieren legitimidad, será la plataforma política de oposición al poder del capitalismo global y a la amenaza que este poder representa para la soberanía e identidad de los pueblos, para los intereses de los trabajadores, para el medio ambiente y, en general, para el futuro de la civilización. El futuro de España no puede entenderse sin Europa, por eso la Unión Europea será el ámbito en el que España y sus regiones afrontarán el reto histórico de la lucha por la supervivencia de la civilización nacida de Europa.

En el capítulo de las relaciones internacionales el fin último del Estado nacional, y de esa Unión Europea a la que aspira la izquierda nacional, será la armonía entre las naciones y las zonas geopolíticas supranacionales, la eliminación a nivel mundial de la guerra, la opresión de los pueblos, el hambre y la falta de acceso a la sanidad y la educación.

Izquierda Nacional